Posteado por: infosocnatura | 26 septiembre, 2012

Una historia del corcho (cuento infantil)

Los alcornoques de la sierra de Espadán se miraban orgullosos de sus capas de abrigo, rugosas y a la vez flexibles, con las que se podían defender tanto del frío de los duros inviernos en las cumbres como del riesgo de los temibles incendios forestales del verano.

Siguiendo las sabias leyes de la Naturaleza estaban provistos de aquella envuelta aislante que generaban desde el inicio de los tiempos.

Se sentían felices en el silencio de los montes solo turbado por los sonidos de la vida animal que se desarrollaba bajo sus frondas y a ras del suelo por los múltiples animalillos que tienen su morada en aquellos parajes manteniendo un perfecto equilibro biológico.

Hasta que se escucharon los rítmicos golpeteos de los cascos de unas caballerías: toc-toc, toc.toc, toc.toc, cada vez más fuertes, cada vez más próximas.

– Mulos, se dijeron unos a otros en el misterioso lenguaje de los árboles que sólo ellos pueden percibir.

– Hombres, respondieron los más viejos, donde hay mulos hay hombres, ellos, los mulos, no son libres.

– ¿Pueden llegar hasta aquí? Se preguntaban

– Pueden, respondían los viejos, ya vinieron otras veces.

Y, en efecto, surcando intrincados caminos casi cubiertos por arbustos y matorrales, apareció una ordenada formación en fila de a uno de hombres y mulos.

Los hombres eran de aspecto temible, robustos y serios, de fuertes brazos y buena envergadura y en sus manos portaban la herramienta más temida por los árboles, el hacha, Sus finos filos brillaban al sol y cortaban tan solo con mirarlos.

Los alcornoques se estremecieron y los hombres se acercaron a ellos, con una habilidad pasmosa hendían las hachas en la corteza y despojaban al árbol de su envuelta sin producir ni un rasguño en la médula de sus troncos.

Así continuó la jornada y, al anochecer, los árboles se encontraron desnudos pero milagrosamente vivos. Los más jóvenes se sentían humillados, avergonzados, pero los más viejos les aseguraron que pronto dispondrían de nuevos abrigos para cubrirse, que ya había ocurrido otras veces. Pero, como de costumbre, los jóvenes no les escucharon.

Hablaron con los pájaros, sus amigos, que vivían bien a cubierto entre sus frondas:

– ¿Para qué necesita el hombre nuestras capas? No le sirven de abrigo   porque no se adapta a su cuerpo, no les proporciona calor para sus hornos y estufas porque no arde, no  pueden hacer mesas ni armarios como con los troncos de otros árboles…

Los pájaros se ofrecieron a averiguarlo. Ellos disponen de movilidad y se desplazan a grandes distancias, traerían noticias

Pronto alcanzaron a los hombres que con sus monturas cargadas hasta extremos inverosímiles del ligero material habían comenzado el descenso al valle.

Y los siguieron hasta un gran edificio de planta cuadrangular de innumerables ventanas altas, con una puerta grande, por donde desaparecieron.

Los pájaros miraron por las ventanas, dentro los paneles del corcho recién traído se amontonaba ordenadamente en almacenes bien ventilados y exentos de humedad.

Corrieron a contárselo a los árboles, pero éstos seguían sin entender que sentido tenían acaparar sus envueltas. Así que pidieron a los pájaros que volvieran a las naves industriales y siguieran observando.

Así lo hicieron, y pudieron ver como en otra de las estancias, extrañas máquinas convertían los enormes trozos de corcho en cilindros de diversos calibres, con bordes bien biselados que ya habían perdido la rugosidad propia del material originario.

Luego eran cuidadosamente clasificados según sus tamaños y otras características, que no acabaron de entender, para ser embolsados en grandes sacos de material reciclado. En todo el proceso, hombres y máquinas formaban una sincronía perfecta.

Contaron a los alcornoques que sus abrigos eran ahora cilindros embolsados, y los alcornoques lloraron desolados por un fin aparentemente tan humilde que les producía mayor humillación todavía. ¡Dónde había ido a parar su confortable capa del mejor corcho del país!

Los pájaros no se dieron por vencidos, pensaban que todo aquel aparente derroche de técnica y mano de obra tendría una finalidad y decidieron seguir con sus pesquisas.

Las bolsas se trasladaron a diversos vehículos de transporte y partieron hacía el sur. Los pájaros los siguieron una vez más. El paisaje cambiaba y las agrestes montañas y pequeñas poblaciones en los valles se convirtieron en llanuras de cultivo, ellos reconocieron bien pronto las vides con sus pámpanos resecos por el sol del verano y sus cárdenos frutos jugosos que cuadrillas de hombres y mujeres se encargaban de recolectar.

Los vehículos descargaban en las bodegas, allí parecían recibir las bolsas con satisfacción, comprobaban la textura de los cilindros y las trasladaban al interior.

Los pájaros miraron una vez más por las ventanas, esta vez, alargadas y enrejadas del edificio de la bodega.

Una compleja maquinaria desplazaba ordenadamente un sin fin de botellas de vidrio oscuro en cuyo delgado cuello se ensartaba cada uno de aquellos cilindros.

– ¡Tapones!, escucharon  decir los pájaros, así se les llamaba en aquel lugar: tapones, tapones, tapones del mejor corcho para el mejor vino de la tierra, tapones de corcho que aportaban al preciado líquido un punto inigualable de sabor auténtico a naturaleza.

Ahora ya todo cobraba sentido, los pájaros volaron felices hacia sus refugio en los montes, iban a explicarles a los alcornoques que no debían sentirse humillados ni ofendidos porque los hombres hubieran convertido sus envueltas naturales en aquel pequeño objeto que completaba la calidad de otro de los magníficos productos que nos proporciona la naturaleza, el vino.

Autora: Carmen López León

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